Como ya saben, el otro día puse en este blog que me tenía que ir a Madrid para recuperar algunas asignaturas que me habían quedado (así es la vida del alumno que va al límite). Iba mentalizado al cien por ciento, quería comerme el mundo y no podía tolerar que ocurriera lo contrario. Me jugaba mucho, más de lo que creía, pero aun así estaba extrañamente tranquilo. Creo que era por la confianza que tenía en mis posibilidades; nunca había sentido en mi interior una "rabia" de tal calibre. Como dirían los jugadores de baloncesto, estaba "on fire".
También hace tiempo hablé por aquí de que el año pasado tuve la maldita fortuna de encontrarme en una situación muy parecida. Aquella vez todo era más complicado, era un auténtico descontrol, un claro "sálvese quien pueda". Si hubiera evitado ese estrepitoso descalabro, hubiera exigido un poema épico que narrara mis prodigiosas hazañas; al estilo de la Odisea, pero con un toque más español y menos raciones marinas. ¿Sería un bestseller? Lo dudo, pero sería algo curioso de leer.
Este verano tenía que ser recordado por la gran hazaña, todo apuntaba a que este año la historia iba a tener un final feliz, incluida la perdiz. Sin embargo, el azar no terminó de complacerme. Hubo buenas notas, mucho mejores de lo que me esperaba, pero hubo una asignatura, la muy canalla, que se resistió. Cinco fueron las décimas que me separaron de hacer el pleno, ese deseado premio. Una, la que se ha quedado por el camino. A un paso, un maldito paso.
No quiero consolaciones porque sé que no las necesito. Ha sido un varapalo importante, no lo negaré, pero no voy a romper a llorar. Este pequeño tropezón no termina de empañar el proceso por el que estaba pasando: el del reencuentro con mi mejor versión. Lo he logrado, el mundo lo sabe y me he ganado tener otra bala en la recámara. En septiembre toca volver a hacer lo que ahora he recordado que sabía hacer desde siempre: dar el mejor rendimiento que tengo y sorprender a todos. ¿Por qué? Porque yo puedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario