La morriña es un sentimiento que hace referencia a lo que una persona echa de menos su hogar. Esta sensación es muy común en los estudiantes que se han ido a una universidad de otra ciudad, hasta de otro país. Aunque hay días en los que finjo serlo, no soy un hombre de hielo, y cuando el mes de octubre está llegando a su fin mi nivel de nostalgia empieza a aumentar.
Hoy era el gran día para mí. El día después de navidad, tras haber vivido con plenitud un cuatrimestre en Madrid, era el gran momento para volver a casa. La fría brisa frente al calor de la arena. Un olor atrayente en lugar de un sabor nauseabundo. Y, sobretodo, la sensación de estar cómodo y no sentirte "fuera de lugar". Estaba claro, el cuerpo y la mente me lo pedía, tenía que volver a Gran Canaria.
Para colmo de males, el día no empezó a lo grande. Había que estar pronto en el aeropuerto, sin tiempo para darse una ducha reparadora. Y al final, tanta prisa, a pesar de la puntualidad, no me sirvió para librarme de un pequeño mazazo. No fue grave, pero son cosas que pasan y dejan un sabor agridulce; mi gran día se estaba oscureciendo.
Un vuelo de casi tres horas da para mucho: puedes ponerte a leer ese libro que te regalaron por tu cumpleaños, ordenador apuntes o hacer un tetris (sí, hacer en vez de jugar). Aun así, nada lograba llenar el vacío que tenía en mi cuerpo. De repente, una voz anunciaba lo que tanto esperaba. "Veinte minutos para aterrizar". Seguí mi impulso, miré por la ventana y allí estaba: Gran Canaria. Ver un pedazo de mi isla hizo que se me dibujara una sonrisa en la cara, hasta que se escucharan mis risas por todo el avión. Ahí estaba mi hogar, mi sitio que tanto anhelaba, el lugar que me ha hecho alegrarme tanto como pocas cosas durante estos últimos meses.
Da igual que durante el trayecto a casa hiciera un tiempo digno de tierras londinenses. Yo seguía impresionado con lo que estaba viendo. Agosto parecía ser un mes perdido en la eternidad, algo que ya estaba olvidado. Cada mirada que echaba a través de la ventana me hacía recordar calles, monumentos, edificios, ... Ahora me sentía completo, con la chispa de la vida. Durante dos semanas recuperaré el sentimiento perdido; ya estoy en casa.
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