martes, 25 de marzo de 2014

Memorias de un cancerbero

Érase una vez un niño que solía ser un buen portero jugando al fútbol. Según él, no era nada especial, solo paraba la pelota aunque se tuviera que dejar las rodillas en el intento. Su agilidad y sus reflejos eran aclamados por sus compañeros de equipo y odiados por sus rivales. En definitiva, se sentía como un héroe. Sin embargo, sus hazañas heroicas quedaron atrás cuando el chico empezó sus estudios universitarios y sus guantes cayeron en el olvido.

Tras tres años de vida universitaria, nuestro protagonista sentía que todo iba sobre ruedas. Muchas cosas habían cambiado en él, pero su capacidad de soñar seguía ahí. Entre todos los anhelos para la vida que rondan su cabeza, había uno que lo trasladaba a sus recuerdos de la infancia: quería volver a jugar al fútbol; no como los profesionales, a él le bastaba con jugar a nivel "patio de colegio". Por eso, cuando recibió un mensaje que le invitaba a jugar una vez más, no lo dudó y buscó sus guantes para quitarles el polvo.

Cuando terminó el partido, el universitario sentía que se había recuperado las sensaciones perdidas. Volvió a recordar la tensión al ver un contraataque de los rivales, la frustración de no sacar el balón por un dedo o la emoción de realizar una parada casi milagrosa. En resumen, había vuelto a sentirse importante en la victoria de su equipo, se sentía realizado por haber aportado su granito de arena. Y todo por hacer algo que, como él dice, no es nada extraordinario.

Pero, ¿por qué era tan importante volver a hacer algo normal? Total, un portero pasa gran parte del partido solo. Cuando su equipo tiene el balón, el arquero tiene tiempo para perderse en su mundo. Si es el rival quien tiene el control  del juego, el guardameta se concentra para demostrar a sus compañeros que, pase lo que pase, él estará ahí. Tal vez sea que, entre jugada y jugada, el cancerbero se encuentra consigo mismo.

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Do I have everybody's attention now?